Mural “Conocer el derecho, servir a la justicia”, de Alberto Carlos



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Mural “Conocer el derecho, servir a la justicia”, de Alberto Carlos

 

La primera impresión que tenemos después de cruzar al edificio principal de la actual Facultad de Filosofía y Letras, anteriormente Escuela de Derecho, es el mural de Alberto Carlos titulado “Conocer el derecho, servir a la justicia”, ubicado en un remate frontal al fondo del vestíbulo, realizado en el año 1959, durante la administración del Rector Dr. José Fuentes Mares.


El mural despliega sobre una amplia superficie, parcialmente interrumpida por el vano que da acceso a la biblioteca y al área administrativa, pero que continúa por la parte superior, a manera de dintel, para completarse por el lado izquierdo, en un angosto mural vertical.


Son de apreciar de inmediato los fuertes contrastes de luz y sombra, y la calidez de los blancos y rosados, en oposición a los colores azules, marrones y negros.


En la composición que se da en un mismo plano, convergen trazos verticales y horizontales: hacia el lado derecho se da un movimiento ascendente de curvas que nos elevan la mirada hacia el núcleo luminoso, punto focal del mural, que constituye la figura femenina, símbolo de la justicia. En el lado opuesto se hace evidente otro trazo que, aprovechando la verticalidad del muro, muestra una serie de siniestros personajes apilados a manera de columna, sobre la imagen de una mujer que yace desnuda y encadenada. Esta figura es probable que represente una sociedad despojada o, bien, a la misma justicia oprimida y humillada.


Los trazos horizontales, por su parte, tienen un peso enorme en la composición, principalmente por la oscura figura que, amenazante, despliega su manto de pobreza, dolor y muerte, y cierra el mural por la parte superior del vano.


Los pliegues de ese manto van descendiendo sutilmente para dar cobijo a los magistrados y jueces corruptos que ocupan un lugar en la impartición de la justicia, pero en realidad se burlan de los derechos de los demás, movidos por la avaricia y el beneficio personal, que simboliza el hueso colgado del cuello de uno de ellos, así como las sentencias manipuladas que salen del cajón. Se manifiesta así, en una imagen de intenso dramatismo, una falsa moral que subyuga a la justicia.


Arriba de los estrados de los representantes de la ley aparece, en un grotesco convite, una comitiva de bufones que tocan al son del compás marcado por una mano anónima, que emerge de una tambaleante y lóbrega construcción. En el ángulo superior aparece una espada fracturada, símbolo de la lucha que se abandonó en aras de seguir la comparsa. De cara al público, en un ritmo que serpentea, están el desmesurado rostro y las manos del espíritu, bajo cuyo poder deviene aniquilamiento, que podría referirse al capitalismo voraz que, cubierto por el manto claroscuro, pretende ocultar sus perversos deseos bajo la apariencia de amparo y bienestar.


En el muro principal aparecen otros pliegues descendiendo del mismo manto formando una especie de cueva, desde donde apenas se asoma un oscuro y bien vestido personaje, que arroja basura a una juventud ociosa y sin rumbo. En un primer plano el autor hace destacar a los jóvenes, sobre un llamativo fondo amarillo y rojo, que se entretienen en el consumismo de estos productos; industria de un entretenimiento que enajena.


En contraste con estos jóvenes, en la parte derecha del muro, otros ocupan su tiempo y lugar en la búsqueda del conocimiento, con el fin de adquirir las armas, para ser elementos liberadores de un pueblo obrero y campesino, clase trabajadora que espera en el anonimato su redención. Lo que engendra la posibilidad de romper la condena a una vida vacía y sin futuro es fruto del estudio y del pensamiento; los anaqueles no sólo contienen libros acerca de los derechos fundamentales, sino mediante ellos se edifican instituciones firmes para proteger y garantizar una vida plena de sentido humano. Aquí también aparece una mano anónima, pero, a diferencia de la anterior, es una guía que eleva a la juventud hacia horizontes más amplios y luminosos, donde el trabajo y la existencia toda adquieren significado. Donde el ser humano asume su dignidad.

 

Estas escenas están concebidas por Alberto Carlos en una interesante composición en espiral que se corona con el núcleo luminoso de la figura principal, la justicia, cuyas manos de un joven de torso desnudo, que en movimientos casi cinematográficos se dispone a entregárselas. La claridad alumbra el horizonte de una multitud que, desde su propia opacidad, espera confiada. La luz y el movimiento que emanan de la parte superior, a su vez van descubriendo un abanico de diferentes momentos de la espiral: a Don Quijote, empeñado en luchar contra la injusticia, así sea vista como molinos de viento. Otra vertiente, a manera de viento alentador que emana de la justicia, nos revela cuatro atentos rostros que reconocemos como José Martí, Benito Juárez, Lincoln y Simón Bolívar, unidos por vínculos ideales a gestas similares que ellos mismos emprendieron.


Es de hacer notar que, en esta representación, la justicia está develada; la venda ha caído y es ella la que inspira los acontecimientos libertarios, sean ideales o reales.


Creo que resulta evidente, después de esta descripción que tiene mucho de interpretación, que en este mural Alberto Carlos no se contenta con el medio espacial propio de la pintura, para sumergirnos en una narración que involucra varios tiempos y momentos, personajes y situaciones, con licencia de hacer diferentes recorridos.


Aunque Alberto Carlos incursionó en varios estilos y temáticas, como lo muestran sus obras provenientes de periodos distintos, éstas se inscriben dentro del influjo de la pintura mural que se produjo después de la Revolución Mexicana, en un impulso de inconformidad con el presente y el pasado inmediato.


Como lo expresa Ida Prampolini: “…primero se desprenden de circunstancias incómodas, inaguantables, y después construyen sobre los escombros. Y a esta manera de ser corresponde la pintura mural que produjo la Revolución a los doce años de su estallido”. Años después el maestro Carlos se pronuncia a favor de edificar sobre las bases de una educación liberadora.


Alberto es heredero de planteamientos plásticos de un gran compromiso social que vienen del espíritu de la más auténtica mexicanidad. Para ubicar el movimiento muralista, ya desde la tradición del siglo XIX en México se asoma un anhelo de abordar una temática nacionalista que construya identidad. Después, en la Escuela Mexicana de Pintura, los artistas lograron crear un arte enraizado en la tradición a la vez que participaban de una estética de la modernidad: un arte donde cada uno conservó su propia personalidad, por encima de la teoría.


De los grandes pintores que integraron el movimiento muralista, Orozco fue el más admirado por Alberto Carlos, quizá por parecerle más universal o más expresivo. Seguramente los hermanaba una aguda sensibilidad, con frecuencia desbordada; el sentir la misma hondura lacerante ante la injusticia y la corrupción, el mismo ímpetu de lucha contra las fuerzas ávidas del poder que consumen la vitalidad de la juventud.


También en Orozco se aprecia un cromatismo contrastado como en Alberto Carlos y se reitera el uso de los negros y los rojos, así como de grandes contrastes de claroscuro. Quizá en ambos sea una manera de simbolizar fuerzas antagónicas a las que debe enfrentar el ser humano, en la soledad de su interioridad y como individuo socializado, en términos de Charles Lalo, cuando afirma que el genio artístico, en su iniciativa instauradora del arte, pertenece al individuo, pero no al individuo como tal, sino al individuo socializado, impregnado por el espíritu de la colectividad, expresando ese espíritu porque lo experimenta el mismo con más intensidad que el ser humano común.


O como lo expresa Hauser en cuanto a que sin una relación dialéctica entre subjetividad y objetividad, todo reflejo de la realidad sería artísticamente irrelevante, e inarticulada toda manifestación de la intimidad. Así pues, el artista auténtico vive proyectando hacia la realidad y vive la realidad al apropiársela.


El mural de Alberto Carlos, aunque acentúa el elemento trágico de la vida, lo hilvana en el tejido de una lucha dramática que hay que librar en rescate de la utopía. En un intenso dinamismo, se siente una voz de denuncia, una toma de conciencia a favor de los valores, y una intención de develar lo oculto, de exponer lo turbio y nefasto, pero también un llamado a despertar la esperanza en la posibilidad de construir mejores mundos, donde la justicia prevalezca en libertad y se pueda vivir en la incansable búsqueda de armonía y equilibrio. En el arte es posible hacer un conjuro de esta índole.


¡Nada más apropiado para estos tiempos críticos que estamos viviendo! ¡Qué mejor legado del maestro Carlos para estas nuevas generaciones!

 

Lo invitamos a ver el video "Conocer el derecho, servir a la justicia", por Alberto Carlos Díaz, en nuestro espacio de Youtube.